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Reportaje

Fachadas que miran al Sinú: reaprender a mirar la historia y la arquitectura de la Avenida Primera

El pasado 20 de julio se conmemoraron 216 años de la independencia de Colombia.

Después de varios días más calurosos de lo normal en Montería, la lluvia cayó con fuerza, y debajo de los rezagos del aguacero y el serenito que quedaba, empezamos Rubén y yo esta caminata que estaba en mis planes hacer: Fachadas que miran al Sinú.

Sin proponérnoslo coincidimos con la Independencia.

Es la primera vez que veo y converso con Rubén. No la primera que veo estas fachadas.

Cuando supe que alguien estaba ofreciendo estos recorridos me llamó mucho la atención, porque hace muchos años, en el suplemento dominical Día 7 (hoy inexistente), escribí sobre las casas viejas del centro de Montería y después sobre el porqué de la arquitectura de nuestra Catedral San Jerónimo.

Interesante saber qué nuevas pesquisas hay al respecto y cómo alguien joven e interesado en la cultura local está conectando a propios y foráneos con eso que se nos ha vuelto paisaje.

Rubén es arquitecto, vivió más de 20 años por fuera y volvió. Desde entonces se dedica -entre otras cosas- a replantear la forma de ver la arquitectura que bordea al Sinú.

Yo estoy de acuerdo con él: irse y volver le da otra forma a la mirada, y esas formas, sí o sí, hay que compartirlas, debatirlas, amplificarlas. Creo que lo está haciendo muy bien.

Empezamos el recorrido de sur a norte en la calle 26 con Avenida Primera. La premisa que me suelta Rubén al empezar es: “No se ama lo que no se conoce”. Y así nos instalamos a echar cuento sobre la Casa Berrocal y la Casa Pineda.

Rubén lleva en las manos un manojito de fotos de Justo Manuel Tribiño. Me habla de esa región maderera que un día fuimos, de cómo en 1844 llegaron los franceses buscando oro y encontraron madera. “Eran desfiles de caoba, ceiba y roble bajando en embalses por el Sinú. Mientras tanto en Cartagena ya se rumoreaba: ‘Pobrecito del Perú, si se descubriese el Sinú’”, me dice.

Entonces empezamos a imaginarnos esa Montería de calles polvorientas, con chozas de bahareque, donde se le echaba agua a las calles para bajar el fogaje… Yo por un momento me detengo en eso y pienso que ese mismo fogaje hoy transpira con fuerza y rabia a través de tanto concreto.

Me explica Rubén que la compañía estadounidense Emery, a finales del siglo XIX y principios del XX, introdujo una marcada influencia arquitectónica de tipo isleño y caribeño proveniente de Cuba y de Jamaica. Con ella proliferaron en nuestra región estructuras de aleros visibles, horcones exteriores y casas amigables con el clima de aquí, donde el aire caliente circulaba y había protección permanente de la lluvia. Hoy eso quedó en los anaqueles de nuestra historia.

Avanzamos en el recorrido que nos llevará hasta la Avenida Primera con calle 37 y Rubén me recuerda que en Montería no tenemos arquitectura colonial, que solemos erróneamente pensar y repetir que todo lo viejo es colonial; pero ojo, también pensamos que todo lo viejo es obsoleto y debe rehacerse. Y quizás esas primeras ideas erróneas de modernización empezaron con la fundación de nuestro departamento en 1952.

A partir de entonces, los horcones que sostenían los balcones y los aleros empezaron a ser eliminados. Así que la ciudad por la que antes caminabas sin mojarte y sin asolearte empezó a dejar de existir.

Seguimos el recorrido y, después de los Pineda, los Berrocal y los Lacharme, revivimos las fotos de las carreras de caballos en la Avenida Primera e imaginamos cómo sería la vida en aquel entonces, cuando tres enormes bongas lucían frondosas junto a ese imponente Sinú. Ya sabemos lo que pasó con esas bongas.

Pasamos por el Edificio de las Hermanitas Gómez, diseñado por Luis Felipe Jaspe, arquitecto empírico cartagenero, el mismo que diseñó la Catedral San Jerónimo. Charlamos un poco sobre cómo la mescolanza de franceses e italianos hizo un aporte especial a toda la riqueza arquitectónica de la ciudad: el Edificio Ferrari, por ejemplo, o la adaptación de la arquitectura neoclásica de Europa convertida en republicana a orillas de un río como testigo.

Imaginamos entonces cómo pudo haber sido el primer edificio de apartamentos dúplex de Montería, cómo sus balcones tan distintos se impusieron en ese entonces, en 1935. ¿Qué comería esa gente? ¿Cuántas hijas tendrían? ¿Qué ropa usarían? ¿Qué tipo de entretenimiento tendrían?

Nos preguntamos cómo se erigió el Edificio Berrocal en 1920, por Luis Felipe Berrocal Negrete, el mismo que 16 años atrás nos había dejado la Casa Berrocal. ¿Qué nuevos usos quiso darle este hombre a esta construcción? ¿Qué cambió? Anota Rubén que los usos, con el paso de los años, efectivamente también cambiaron: en ese caso, por ejemplo, se tuvo en cuenta un primer piso comercial y un segundo piso de apartamentos, una nueva lógica que empezó a instaurarse en ese pueblo que empezaba a transformarse en ciudad.

Pero entre 1920 y 1960 se alzó el que, según Rubén, es el edificio más ignorado de la zona: el Edificio Ambrosio, cuya arquitectura de transición de los años 40, también conocida como Art Déco, nos dejó enquistado en la mitad de la cuadra un edificio en forma de barco que yo, sinceramente, veo por primera vez con detenimiento.

Y ni qué decir de las Torres Garcés, que se construyeron entre los 60 y los 80, y cuyo estilo imponente empezó a dar cuenta de la estructura de poder que expresa una gran figura arquitectónica cuando se construye. “Cuando las inauguraron apagaron todas las luces de la ciudad, fue todo un acontecimiento”, me cuenta mi guía.

Pero con la llegada de más gente a vivir en ese centro, hasta entonces privilegiado, de la Montería de años y años atrás, también vino el abandono de las casas y edificios de la Primera, y la búsqueda de sectores más exclusivos en el norte para separar por clases a una misma Montería.

Por fortuna por el norte pasa el mismo río; por fortuna hoy también estamos poniendo los ojos en las fachadas del centro de Montería que no han dejado de mirar a su Sinú.

Lo que sí puedo añadir para terminar es que vale la pena hacer el recorrido de Fachadas que miran al Sinú y contemplar la majestuosidad histórica que se esconde en cada casa, edificio y apellido. Porque sí, confirmo: no se ama lo que no se conoce, y cuando no se ama lo que no se conoce se destruye el patrimonio o se recrean réplicas que descuidan la verdadera identidad de nuestra historia.

Si quieren hacer el recorrido con Rubén, pueden seguirlo en Instagram en @larutopia. En mi relato he obviado muchos aspectos de los que menciona Rubén en su recorrido. Mi sugerencia es que vayan y él les eche el cuento completo.

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Ana Paola Martínez de la Ossa

Periodista colombiana especialista en Derechos Humanos y magíster en Comunicación. Amo documentar memorias y contar historias sobre migración, cultura y derechos humanos.

@anapaolamart

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Periodista colombiana especializada en derechos humanos y comunicación, enfocada en contar historias de migración, cultura y memoria desde una mirada sensible y comprometida.