Hemos llegado a Países Bajos
Vivo en Países Bajos desde diciembre de 2024. Con el frío calándose en los huesos, dos mujeres pequeñas y caribeñas bajamos de un avión proveniente de Colombia, cargadas con la esperanza de rehacer nuestra vida aquí. Desde entonces, mi hija y yo hemos formado parte de un proceso de integración fascinante.
Asten, el pequeño pueblo del sur de los Países Bajos donde vivimos, tiene 18.000 habitantes y una comunidad migrante y refugiada que no deja de crecer. Aquí todos se conocen, van a la misma velocidad y son testigos de los “nuevos” que llegamos.
A través de crónicas, testimonios personales y observación directa, documento cómo personas provenientes de Siria, Ucrania, Afganistán, Eritrea, Sri Lanka, Turquía y otros países enfrentamos la necesidad de reconstruir nuestras vidas en un lugar que no es nuestro, mientras mantenemos vivas nuestras identidades culturales y nuestra esencia.
En un contexto de políticas públicas de integración, como cafés de idiomas y grupos de apoyo, yo hago parte de la cotidianidad de esos migrantes. Mis ojos de asombro están de par en par mientras abrazo este presente al otro lado del continente.
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