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Reportaje

Hijos del territorio que se deben al territorio

Revista Tus Derechos
2023

Así se ve la Sierra desde los ojos de su defensor comunitario

Con su sombrero, su mochila y una camiseta blanca con el logotipo azul de la Defensoría del Pueblo que abre las alas a un lado de su pecho, camina la Sierra como quien es capaz de reconocerla con los ojos cerrados, con una rapidez que no le corta el aliento ni la sonrisa, la misma con la que saluda a todo el que se cruza en el camino.

Nació en Santa Marta, en una familia donde el único samario es él. Sus padres son de El Difícil, Magdalena, específicamente de un campo petrolero de la zona rural: Campo El Difícil. Empezamos por El Difícil porque Iván Mauricio Arrieta Cruz no puede iniciar esta conversación sin referirse a sus orígenes. Fue gracias a ellos que creció escuchando historias y que caminó las calles del barrio Los Almendros, en Santa Marta. Esos primeros pasos auguraban que estaría gran parte de su vida caminando, andando y moviéndose entre la gente y con la gente.

Es antropólogo egresado de la Universidad del Magdalena. En esa carrera aprendió a cuestionarse y a entender que todo profesional tiene un propósito comunitario superior a sus intereses. “Allí me enseñaron a desentenderme de viejas formas de asociarme con la gente como “el académico”, “el experto” o “el profesional” y tratar de ser más de la gente, de la comunidad, de la cultura misma”, asegura.

El contacto con los pueblos indígenas de la Sierra Nevada lo empezó a tener estando aún en la universidad. Se desenvolvía en confianza con ellos, con los pescadores de Taganga y la Bahía, con los trabajadores y con las comunidades campesinas. Siendo estudiante universitario se vinculó al movimiento estudiantil, que había sido duramente golpeado por la violencia. Ese fue su primer relacionamiento con los derechos humanos, para posteriormente participar en movimientos sociales y agencias humanitarias internacionales, y finalmente llegar a la Institución Nacional de Derechos Humanos de Colombia, la Defensoría del Pueblo, donde actualmente es defensor comunitario.

“La Sierra me llamó nuevamente a su seno, que desde entonces me acoge como un hijo más”

“Entré como asesor de desplazamiento forzado, una figura que apenas se abría en el país. Llegamos seis funcionarios a ocupar ese cargo en las capitales receptoras de desplazamiento forzado. Por dos años fui asesor de desplazamiento forzado y posteriormente pasé a ser defensor comunitario en la Sierra Nevada de Santa Marta. Estuve dos años como defensor comunitario en zona de frontera, en La Guajira, y luego la Sierra me llamó nuevamente a su seno, que desde entonces me acoge como un hijo más”, cuenta.

Aunque su oficina tiene como sede Santa Marta, Iván ha comprendido que Santa Marta, sus cerros y sus ríos también hacen parte del territorio integral de la Sierra Nevada. Así que básicamente, física y espiritualmente, siempre está en la Sierra, con sus pensamientos girando en torno a las palabras, árboles y caminos que recorre permanentemente.

Sus visitas humanitarias las hace de acuerdo con la agenda que se planea en la entidad, que también responde a la variable dinámica del conflicto armado: hay veces que la planeación plantea una actividad, pero el contexto obliga a la realización de actividades distintas que requieren atención inmediata. Allí, por supuesto, está Iván.

En la actualidad, en el país son 120 defensores comunitarios. El escenario de su trabajo es generalmente un escenario de confrontación armada. Las dificultades asociadas a vulneraciones de derechos humanos e infracciones del Derecho Internacional Humanitario están a la orden del día. La gente requiere acompañamiento, asesoría y presencia de la Defensoría del Pueblo y los primeros en llegar suelen ser los defensores comunitarios.

Sobre el panorama de conflicto armado que históricamente ha vivido la Sierra Nevada, Iván asegura que todos quieren dominarla, controlarla, que así ha sido desde la Conquista. “Desde entonces han venido las oleadas colonizadoras, las bonanzas, la guaquería, el narcotráfico, la minería, el turismo desaforado. Es un territorio siempre agitado y violento, y en medio de ello, sus habitantes, sus campesinos e indígenas tratan de defender su cultura y su territorio. Claro, no hay que desconocer que también hay una gran cantidad de personas solidarias con la Sierra”, explica.

Cada defensor comunitario es un hijo de la montaña, del valle, del río, de todo lo que defiende. Son personas que se ganan el cariño de la gente y respetan esa confianza. También es cierto que lo que hacen no le gusta a todo el mundo, especialmente a quienes intentan pasar por encima de los derechos humanos.

“En momentos de desazón y momentos difíciles, mis compañeros de otras regiones son mi sostén. Sin titubeos diría que existe una comunidad de defensores comunitarios, gente que recoge semillas de sueños en sus territorios y siembra esperanza donde quiera llega. Hace poco despedimos al defensor comunitario de La Guajira, Néstor Martínez. Fue un golpe del que aún no nos reponemos. Unos días previos nos abrazamos en una misión conjunta y duele saber que era la última vez que lo vería”, menciona.

Indiscutiblemente, los defensores comunitarios se enfrentan con frecuencia a momentos duros, como la muerte de líderes sociales, de personas que son en muchos casos sus amigos, sus compañeros de trabajo, gente que ha crecido con ellos o que los han acompañado en su devenir humanitario con aprendizajes recíprocos.

Los defensores comunitarios llevan a los territorios la institucionalidad, la sacan de los cajones y de los escritorios; conocen con rigor los pueblos indígenas, negros, afros, y atienden a los desplazados, a la población migrante. Ellos tienen la inconmensurable labor de responder a los más avanzados mandatos legales que formalicen y dignifiquen la atención de la población víctima del conflicto armado, frente a una oficialidad que en ocasiones se muestra tardía ante el reto de superar las crisis humanitarias.

Los hombros de Iván, como los de los demás defensores comunitarios que hay en el país, cargan con una responsabilidad y un compromiso inagotable estrechamente relacionado con la presencia en el territorio. Esta es una presencia arraigada a las comunidades, a sus cotidianidades y a sus realidades.

“Con nuestro compromiso y respeto forjado a pulso se permite la más alta capacidad de reacción ante el riesgo de vulneración a los derechos humanos e infracción al Derecho Internacional Humanitario. A las comunidades nos debemos, por las comunidades trabajamos, en las comunidades confiamos y de las comunidades permanentemente aprendemos para continuar esta loable labor”, finaliza.

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Ana Paola Martínez de la Ossa

Periodista colombiana especialista en Derechos Humanos y magíster en Comunicación. Amo documentar memorias y contar historias sobre migración, cultura y derechos humanos.

@anapaolamart

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Periodista colombiana especializada en derechos humanos y comunicación, enfocada en contar historias de migración, cultura y memoria desde una mirada sensible y comprometida.