Ignorar el elogio y magnificar la crítica es una práctica recurrente. Por eso me pregunto: ¿qué enciende ese boicot interior, esa selectividad que tanto mal hace? ¿Acaso crecimos creyendo que los comentarios positivos son falsos y que aceptarlos nos inflaría el ego? ¿O que quien elogia jamás es sincero, esconde algo o busca hacernos daño? ¿Y que las críticas, en cambio, son verdades puras que debemos almacenar en la memoria y en el corazón porque esas sí no son de dudosa procedencia?
El elogio llega a nuestra puerta y lo revisamos con recelo: ¿quién lo dejó allí?, ¿qué espina trae escondida?, ¿es una bomba de tiempo? Hay que inspeccionarlo y, si acaso, ignorarlo en el umbral. No importa: finalmente quien lo trajo jamás regresará por él.
Su remitente queda en visto, sin confirmación de lectura, condenado eternamente al spam. Ocurre igual en redes sociales: un mensaje ignorado, un chat archivado o un pulgar arriba como reacción automática para cumplir. Se estratifican los elogios y las críticas, unos y otras clasificados en distintas categorías.
Y qué decir de la crítica… esa que entra sin pedir permiso. Se instala como una visita imposible de desalojar. Le damos replay a diario, le permitimos ser invitada y anfitriona a la vez y, cuando nos damos cuenta, estamos arrinconados en nuestra propia casa. Se pavonea por nuestros pasillos emocionales, reaparece cada vez que intentamos pasar la página y acordona el espacio para recordarnos lo mal que lo hacemos. Nos cuesta extraer su lado útil, saber cómo atenderla y cómo despedirla. Se nos olvida quién es el verdadero dueño de la casa.
No es una simple percepción personal. Investigaciones sobre el sesgo de negatividad, lideradas por psicólogos como Roy Baumeister, señalan que el peso emocional de una sola crítica es tan profundo que requiere entre tres y cinco elogios de la misma magnitud para ser equilibrado. Vivimos con una mente que magnifica la amenaza y minimiza el reconocimiento.
Aun así, no todos lidiamos con la crítica y el elogio de la misma forma.
Hay casos en los que el elogio y la crítica nublan la cordura de quienes los reciben, transformándose en su dopamina y en el cuchillo que va directo a su garganta: sin un comité de aplausos les resulta imposible actuar; si hay una crítica, el mundo se acabó. Cuando el elogio no llega, sufren con la crítica y se cuestiona sobre dónde quedó el interés del otro, qué cambió o qué hicieron mal.
Hay otros casos en los que las personas ignoran deliberadamente los logros del otro para evitar elogiar y escudriñan al detalle solo para criticar. Incapaces de reconocer de forma sincera lo bueno en los demás, cuando finalmente emiten un comentario positivo lo envuelven en sátira o sarcasmo para que duela con sutileza. Allí el elogio no es reconocimiento, sino un disfraz perverso.
Hay también quienes se acostumbran a ser siempre remitentes, pero jamás asumen el rol de destinatarios. Se convierten en un bot destructivo para consigo mismos y para los demás: se acostumbran a dar, a ser fuente inagotable para los otros, así que les es difícil abrazar con merecimiento, agradecimiento y cordura lo que les llega. Su capacidad de almacenamiento rebosó y ni siquiera lo notan.
Pero bueno, satanizar la crítica es otra condena. Porque criticar con respeto y de forma directa no debería costar amistades, así como elogiar desde la admiración no tendría por qué implicar idolatría. En ambos casos, creo que la palabra que mejor lo sintetiza todo es agradecimiento. Quien sabe agradecer tanto la crítica como el elogio, desactiva la bomba del ego y recupera las llaves para decidir qué entra, qué sale y qué se queda… sabiendo que incluso las mejores visitas tienen un tiempo limitado de estancia.


